INTIKUREN: Entre mesas y culturas
Publicado en la revista Desbandada el 24. mayo 2022.
La revista Desbandada de Berlín me invitó a presentar mi proyecto INTIKUREN, pero debo decir que siento la necesidad de reflexionar sobre mis orígenes y experiencia personales como migrante peruano en Alemania para dar inicio a este lindo encargo.
Mi nombre es Ruben Manuel, soy gestor cultural y artista. Hace seis años que vivo en Alemania. Y desde hace dos soy mediador entre las distintas mesas y culturas que habitan la inacabable –a veces inexorable, insondable, insufrible– pero siempre sexy Berlin.
Una nueva vida en Alemania
Llegué a Berlín en el 2017 para aprender alemán y a la vez buscar una maestría en Ciencias Culturales. Entonces, para el invierno de ese mismo año, conseguí una plaza en Kulturmanagement en Frankfurt /Oder. Durante los dos años y pico que duraron mis estudios trabajé para el festival de la universidad UNITHEA y para la Orquesta Estatal de Brandenburgo (BSOF por sus siglas en alemán).
Mi vida fluía entonces al ritmo del río Oder, entre la universidad, la orquesta y la casa proyecto donde vivía. De esta manera, pude conocer a personas de distintos lugares del mundo; y por supuesto sus cocinas y tradiciones.
Terminé la maestría y obtuve el grado de Master of Arts en noviembre de 2019. Ese mismo año pude por fin volver al Perú a visitar a mis abuelos y a mi madre, a quienes no venía desde hace casi 3 años. Me despedí por un tiempo de Alemania, de Frankfurt, de Berlín. Las perspectivas para lo que se venía eran las mejores, con una maestría podría encontrar probablemente un empleo en la vibrante Berlín.
Tres meses más tarde estaría volviendo a Alemania poco antes de que las fronteras entre los países se cerraran del todo.
Sobreviviendo la pandemia
Atrás habían quedado los días en el Oder. Antes de mi viaje a Perú había dejado mi habitación en la casa proyecto de Frankfurt para mudarme a Berlín. Con la pandemia y sin trabajo –ni ayudas económicas por mi condición de migrante y egresado– encontrar un departamento era casi imposible. Comencé a vivir un tiempo de casa en casa: primero en el piso compartido de mi novia, luego donde amigos y conocidos.
Al poco tiempo conseguí un trabajo como ayudante de cocina en un proyecto de agricultura local. La paga no era buena, pero al menos podía pagar las cuentas. La cocina no era un tema ajeno a mí. Mi madre comenzó con un pequeño restaurante en Lima hace 20 años. Durante gran parte de mi vida había aprendido las cosas buenas y no tan buenas que hay en la gastronomía. Pensé que con los conocimientos básicos de casa podría adaptarme rápido; pero la realidad es que me costó mucho. Lo que comenzó como un trabajo de ayudante en una cocina se volvió un trabajo en lo que después llamé: «el infierno frío”.
Resulta que el modelo de negocios sostenible de la empresa se basaba en una especie de economía circular que aprovechaba el uso del agua de su criadero de peces para regar sus plantas y hortalizas. Parecía todo muy lindo hasta que llegaba el punto de quién debía filetear los pescados. Entonces estábamos nosotros, los migrantes, que en una especie de frigorífico a una temperatura de 2 grados centígrados debíamos filetear entre 300 y 500 peces gato. ¡Todo en 3 días!
El trabajo se hacía por momentos insoportable, los pies se congelaban, los brazos se cansaban. ¡Hasta llegaron a detectarme una enfermedad muscular del Primer Mundo! Tennis-Arm (brazo de tenista) le llamó el doctor cuando me leyó el diagnóstico. Entre risas le pregunté si con mi facha creía realmente que yo jugaba al tenis en algún club lindo de Berlín. El doctor no lo tomó muy a bien, pero entendió mi sarcasmo. ¡Bendito humor alemán!
Con el transcurso de las semanas comprendí que se me estaba presentando un camino, que no era el que había deseado pero que podía tomar o dejar a pesar de las circunstancias. Casualmente el restaurante de mi madre se especializaba en pescados y mariscos y una de sus especialidades era el cebiche. Para quienes no saben qué es un cebiche: es un plato tradicional de las zonas costeras de Latinoamérica; en el Perú se prepara con pescado, limón, cebollas y demás condimentos y se acompaña con camotes o maíz frito. Este plato me cambiaría la vida.
Verano, una rebeldía
Durante la primera desescalada de la pandemia, el que entonces era mi compañero de trabajo, Daniel, me invitó a tomar la cocina de su local “KussKuss Küche” en el barrio de Neukölln. Inspirados en un telar que había traído de Puno, en la frontera entre Perú y Bolivia, una noche armamos juntos un flyer que decía “Peruvian Pop Up”, invitamos a amigos para un domingo, y así comenzó todo.
Con platos como “Cebiche de Mango” y el intrépido “Arroz con pollo, sin pollo pero con frejoles” ofrecimos la primera de las tres magníficas fiestas de la comida, el ritual y el Wiedersehen. Manos amigas como las de Edmundo, Diego, Ximena, Luisa, Masaru y las de ahora mi esposa Marion me ayudaron a dar forma a ese espacio, el que se hacía tan necesario por aquellas épocas de aquel año: una rebeldía contra la cancelación de espacios culturales, un espacio de encuentro pero sobre todo de sobremesas y discusiones.
El verano fue propicio para este tipo de eventos, mas la alegría no duró mucho. El otoño trajo consigo nuevas restricciones. El proyecto paró. Daniel cerró el bar. No podía seguir pagando el alquiler.
Luego llegó el invierno como antesala del año 2021, el que hasta el día de hoy me cuesta describir.
Invierno y muerte
No es coincidencia que, según datos oficiales hasta la fecha, mi país esté en la cima de muertos per cápita por Covid, Si la primera ola del 2020 fue dramática, la segunda, durante el primer trimestre del 2021, fue una catástrofe. Cada semana, por redes sociales, veía como amigos de mi país se despedían de sus familiares y amigos rindiéndoles homenajes por esos medios, quizás por la imposibilidad de despedirse de ellos personalmente.
Mientras tanto, las agujas del reloj de la visa no se detenían: debía conseguir un empleo a tiempo completo que justificara mi permanencia en este país. Parecía un mal chiste: conseguir un trabajo en una de las industrias más afectadas por la pandemia: las artes y las culturas.
Un viernes por la tarde, me llamó mi madre para decirme que tanto ella como mis abuelos estaban enfermos de Covid. Sentí como mis sentidos colapsaban al escuchar la noticia. En ese momento mi visa estaba en renovación y tenía prohibido abandonar el país. Mi madre también me lo había prohibido estrictamente.
Como se sabe, la infección por Coronavirus no da mucho tiempo. A menos de dos semanas del anuncio de la enfermedad, mi abuela, quien había sido como mi madre, fallecía en un hospital sobrepoblado de personas con la enfermedad, donde seguramente por su avanzada edad no pudo recibir oxígeno, ni contar con el acompañamiento de sus hijos y nietos. La primavera se vistió de luto y una tristeza insoslayable se instaló en mi recién inaugurado hogar en el barrio de Berlin-Weißensee.
A Rosalina, mi abuela, le gustaba mezclar el cebiche con la papa a la huancaína, este último un tradicional plato de la sierra central del Perú –casual o causalmente de dónde venía esta maravillosa mujer. Durante sus funerales, me hallé en Berlín preparando esta mezcla como máximo homenaje que desde mis distancias, carencias y añoranzas podía ofrecer.
Hoy ambos platos: cebiche y huancaína son fundamentales para INTIKUREN.
Vida y ritual
En la última comunicación que tuve con mi abuela Rosalina antes que un adiós preferí contarle una historia, quizás porque es lo que mejor se me da. Una historia del futuro protagonizada por una niña que llevaría su nombre. Había nacido en Berlín, y disfrutaba aprender en la escuela, así como ella. En la historia le pedía a mi abuela que visitara a esta niña en sus sueños. Porque esa niña era mi hija.
Sin quererlo –o tal vez sí– Marion y yo recibíamos la primavera embarazades. La o el bebé llegaría en febrero del siguiente año y si era mujer se llamaría, como prometido, como su bisabuela. Si era hombre, ya se vería. Caprichosa o sabia la vida –como la quieran juzgar– esta quiso que mi hijo varón naciera al día siguiente del cumpleaños de mi padre, a quien hasta el momento no había mencionado en esta historia; en gran parte porque no tuve oportunidad de conocerle.
Tenía en mis manos la oportunidad de establecer un lazo de paternidad que no sólo conciliaba con mi presente sino que tendía una intención de reconciliación con mi pasado. Un pasado marcado por la estigmatización como heredero del conflicto armado interno que tuvo lugar en mi país en los años 80 y 90.
En julio del 2021, nuevamente en verano, vería la luz el primer INTIKUREN como tal. Mi fascinación por el diálogo intercultural y mi vocación por los juegos de palabras, esta última prestada de mi amor por la poesía, me visitaron una noche de insomnio para bautizar este proyecto artístico cultural y gastronómico que hoy nos convoca.
“Entre mesas y culturas (zwischen Tischen und Kulturen)” es la frase que acompaña, quizás a modo de ayuda o subsanación, el atrevimiento de haber creado una nueva palabra que se puede entender, en cierta manera, tanto en quechua como en alemán.
Vida y muerte danzaban juntas aquel 25 de julio en la escuela Rosa Parks de Kreuzberg al ritmo de los Sicuris de Berlín. Nuevamente manos amigas como las de Ofelia, Johann, Gabriela, Nicole, Juana, Carlos, Adrian, Fabian, Vika, Diego, Flavio, Laura hicieron posible la organización, realización y documentación de este memorable evento.
Video teaser La mesa está servida
Kay Pacha que significa “aquí y ahora”
Las mesas y las culturas se han vuelto parte de mi vida; y de alguna manera estoy reconciliado con la gastronomía.
Con formatos como «Was sind Wanka-Spätzle?“ (¿Qué son los Spaetzle a la huancaína?) o «Dumpling Stories“ (Historias de Masa) incursionamos en la mediación gastronómica intercultural a través de talleres de cocina. Las manos amigas de: Linda, Thomas, Yaroslava, Claudia, Santiago, Ulrich, Schanila aparecieron para hacer este nuevo tramo posible.
Video Intikuren vol. 3 workshop
Durante este 2022 INTIKUREN tomó forma llegando incluso a ganar un premio del Senado de Berlín para desarrollar un plan estratégico. Mis coachs Alexandra y Maximilian, personas maravillosas, terminaron de darme, por así decirlo, el empujón para salir a la escena berlinesa con el concepto que, a la luz de lo expuesto, venía madurando desde hacía un par de años.
Acabamos de dar un taller sobre cocina intercultural en la misma ciudad de Frankfurt/Oder invitados por mi alma mater alemana, la Universidad Viadrina, y la Dirección de Cultura de la ciudad. En junio volvemos a Kreuzberg: esta vez estaremos en el Teatro Expedition Metropolis, donde vamos a contar “El viaje del Sebiche” (“Die Reise des Sebiche”). Así: con “s” y “b”.
Pero antes, este sábado 28 de mayo, desde las 13 horas, estaremos en la Maultaschen Manufaktur de Schöneberg en una colaboración con otra mano amiga y maestro culinario: Victor Mendívil, en lo que será una serie de interpretaciones de platos tradicionales de nuestro Perú.
No es mi intención cerrar este relato con una oda al emprendimiento, y su a veces consecuente autoexplotación; mucho menos a la imperante meritocracia. De eso ya tenemos bastante.
Es de otra manera –al menos eso espero– que INTIKUREN ha comenzado a escribir su propia historia: Lo que fue un manifiesto de rebeldía y se convirtió en un ritual del (re)encuentro, hoy es una posibilidad de diálogo. Diálogo intercultural tan necesario en estos momentos para por lo menos pensar en una paz que, aunque utópica, es el único camino que nos queda. Porque no hay planeta B. Al menos en Marte aún no hay cocinas.
Yo vuelvo a la mía y llamo: ¡Manos a la olla!, porque:
hay, hermanos y hermanas, muchísimo que hacer.